Me permito... Florecer. Parte II
- Teresa Gómez

- hace 2 días
- 4 Min. de lectura

Me permito… Florecer
Parte II: Soltar lo que no es tuyo para poder ser quien eres
En la primera parte de este artículo hablamos de las lealtades invisibles.
De esa forma que tomaste para pertenecer a tu sistema familiar.
De lo que aprendiste a no pedirte, a no darte, a no permitirte.
Hoy queremos ir más lejos.
Porque el trabajo no termina en ver.
El trabajo empieza cuando te atreves a movilizar lo que viste.
Lo que significa realmente florecer
Florecer no es convertirte en otra persona.
No es abandonar tu historia.
No es alejarte de los tuyos.
Florecer, en el lenguaje sistémico, es ocupar el lugar que te corresponde dentro de tu propio sistema, ya que desde ese lugar es desde donde puedes ser quien eres, con tu historia completa, sin tener que achicarte para que otros quepan, sin tener que brillar menos para que nadie se sienta amenazado, sin cargar lo que pertenece a otros y por supuesto, sin hacerte cargo del bienestar emocional de nadie más que del tuyo.
Florecer es, en esencia, un acto de orden, y también de amor.
El orden empieza con una pregunta muy concreta:
¿Qué estoy cargando que no es mío?
El peso que llevas sin saberlo
Hay una imagen que uso mucho en sesión.
Imagina una mochila. La llevas desde que tienes memoria. Es parte de ti, tanto que ya ni la sientes. Pero pesa.
Dentro de esa mochila hay cosas tuyas: tus propias heridas, tus aprendizajes, tu historia personal.
Pero también hay cosas de otros:
El duelo que tu madre no pudo llorar.
La rabia que tu padre guardó en silencio durante décadas.
La exclusión de alguien en tu árbol genealógico cuya historia nadie contó.
El amor interrumpido de un abuelo que perdió todo y siguió adelante sin mirar atrás.
Tu sistema familiar, de manera inconsciente, necesita que alguien cargue lo que quedó sin resolver.
Y tú, que eres leal, que amas ciegamente, que perteneces, podrías ser ese alguien.
No porque hayas decidido serlo.
Sino porque el amor dentro del sistema familiar funciona así.
Soltar no es traicionar
Aquí está el nudo más delicado.
Porque cuando empiezas a ver lo que cargas, aparece una resistencia muy profunda.
Algo que dice: si suelto esto, ¿qué queda de mí?
Es una pregunta legítima.
Porque muchas veces nuestra identidad está construida sobre lo que cargamos.
Somos "el o la fuerte de la familia".
Somos "quien siempre está para los demás".
Somos "el o la que no necesita nada".
Soltar esa identidad no es perder quién eres.
Es encontrar quién eres sin el peso de lo que no te pertenece.
Y eso, aunque libera, duele.
Porque implica dejar morir una versión de ti misma que cumplió su función.
Que fue necesaria. Que nació del amor a tu familia.
El trabajo sistémico nos invita a honrar esa versión antes de soltarla.
No a negarla. No a juzgarla. No a huir de ella.
Sino a mirarla con gratitud y decirle, en voz baja:
"Gracias. Hiciste bien tu trabajo. Ya puedes descansar."
El permiso como acto de amor
Cuando te das permiso de florecer, no solo te estás eligiendo a ti.
Estás eligiendo, también, a los que vienen después de ti.
Porque en la familia todo, absolutamente todo, se transmite.
Lo que no resuelves hoy, lo hereda alguien mañana.
Lo que sanas hoy, lo liberas para toda la línea.
Darte permiso no es egoísmo.
Es uno de los actos más generosos que puedes hacer para ti y para tu sistema familiar.
Cuando te permites florecer, abres la puerta de la posibilidad para que los que vienen después también puedan florecer sin culpa.
Ejercicio sistémico — Parte II
"La devolución amorosa"
Vuelve a ese espacio de quietud que encontraste en el ejercicio anterior.
Cierra los ojos. Respira. Deja que el cuerpo se asiente.
Trae a tu mente aquello que escribiste después del primer ejercicio. Eso que viste, eso que apareció.
Ahora imagina que tienes eso que cargas frente a ti. Puede ser una imagen, un objeto, un peso, una figura. Lo que sea que tu mente encuentre para representarlo.
Obsérvalo.
Y dile, en voz baja o en silencio:
"Te veo. Sé de dónde vienes y aunque no es mío, te cargué con amor."
"Con profundo respeto y humildad, te devuelvo a tu lugar."
"Yo me quedo con lo mío."
Imagina que lo depositas suavemente frente a ti. Lo sueltas. No lo arrojas. Lo devuelves, con la misma delicadeza con que lo cargaste.
Respira.
Siente el espacio que queda en tu cuerpo cuando ya no cargas eso.
¿Qué aparece? ¿Ligereza? ¿Miedo? ¿Alivio? ¿Tristeza?
Todo lo que sientas está bien. Todo es información.
Escríbelo cuando abras los ojos.
Una invitación final
Este artículo es solo el principio de una conversación mucho más profunda.
Una que merece espacio, tiempo, acompañamiento.
Si algo de lo que leíste hoy te tocó, si hay algo en tu historia que sientes que no termina de cerrarse, quizás es momento de mirarlo en un espacio donde puedas hacerlo con seguridad.
Las Constelaciones Familiares no te imponen soluciones, te ayudan a encontrar las tuyas.
Y a veces, ver es todo lo que necesitas para empezar a moverte.
Me permito… Florecer. Puede que esa frase ya no suene igual que cuando la leíste por primera vez.
Eso es exactamente lo que buscábamos.





















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