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El corazón que aprendió a cerrarse


El corazón que aprendió a cerrarse

Hay una imagen que no me abandona cuando pienso en la herida materna: Un bebé recién nacido. El cuerpo todavía acostumbrado al calor del vientre. Los ojos apenas entreabiertos. Esperando, sin saberlo, una sola cosa: ser recibido.

Ser recibido con suavidad. Con calor. Con una presencia que diga, sin palabras: aquí estás, aquí perteneces, aquí eres bienvenido.

Esa espera es tan primaria, tan profunda, que cuando no se cumple del todo, el sistema entero aprende a reorganizarse alrededor de esa ausencia.

Y así comienza algo que puede durar décadas: el corazón que aprende a cerrarse para no esperar demasiado.


Lo que no fue falla de amor

En el trabajo con Constelaciones Familiares, una de las primeras cosas que aparece cuando exploramos la herida materna es esto: la mayoría de las veces, mamá sí quería estar. El problema era que no podía.

Sus propias heridas sin nombre. Sus propios duelos sin llorar. Una historia del linaje que la precedía y que nadie le había ayudado a comprender. Todo eso la mantenía en un lugar al que los demás no podían acceder — aunque estuviera sentada frente a ti, aunque estuviera en la misma habitación.

Eso no lo absuelve todo. El dolor que causó en quien la necesitaba es real. Pero sí abre la narrativa. Y en ese espacio más amplio, algo puede comenzar a moverse.


Lo que el cuerpo recuerda

Cuando trabajo con personas en sesión, el cuerpo cuenta lo que la mente ha guardado en silencio.

Hay una tensión particular en el pecho de quien aprendió a no esperar demasiado de mamá. Una contracción en el vientre de quien tuvo que crecer rápido porque no había una presencia disponible. Una rigidez en los hombros de quien cargó, sin que nadie se lo pidiera, el peso de una madre que tampoco fue sostenida.

El cuerpo no miente. No guarda rencor. Solo guarda memoria.


Cuando el amor toma formas inesperadas

Una de las cosas que más sorprende en el trabajo sistémico es esta: lo que parece rechazo hacia mamá, a veces es amor disfrazado de distancia.

Criticarla. No llamar. Mantener una queja activa. Repetir, sin querer, sus mismos patrones. Negarse a florecer del todo. Apagar el brillo justo cuando la vida empieza a abrirse.

Todo eso puede ser, paradójicamente, una forma de permanecer cerca. De no dejarla sola. De decirle, desde un lugar que la mente no entiende pero el corazón y sistema familiar sí: yo también cargo lo que tú cargaste.

A eso lo llamamos lealtad invisible. Y en su raíz, es amor. Un amor que todavía no ha encontrado una forma más libre de expresarse.


Ejercicio de cierre — Parte 1

Siéntate en un lugar tranquilo. Coloca una mano sobre el pecho.

Respira sin prisa.

Y pregúntate, sin exigirte una respuesta inmediata:

¿Cuándo aprendí que mamá no podía estar del todo presente para mí?

No busques la respuesta correcta. Deja que llegue una imagen, una sensación, un recuerdo. Lo que surja es suficiente. Solo observa. Solo respira.

Recuerda que el primer paso para sanar es mirar, darte cuenta.



Te espero en la siguiente parte de este tema tan profundo.


Hasta entonces.


Tere Gómez



 
 
 

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